Curaçao

Arquitectura holandesa con tonos caribeños

Lo que define a Willemstad, la capital de Curaçao son las típicas construcciones holandesas de techo a dos aguas y de teja, pero de los colores más variados, bien caribeño. Esa fisonomía le valió la declaración por la Unesco de Patrimonio de la Humanidad en 1997.

Visitamos la isla en un viaje en crucero en el que también conocimos a sus “hermanas”, Aruba y Bonaire. De las tres, sin dudas Curaçao es la más singular.

La recepción en el puerto, con música y bailarinas con la colorida vestimenta tradicional fue el mejor “bon vini” (bienvenida en papiamento, la lengua creole de las islas).

A continuación, caminamos por el prolijo Renaissance Park en absoluta soledad, pues ni bien amarró el crucero desembarcamos. Esa primera imagen fue muy distinta de la que luego, en la tarde, tuvimos al regresar, cuando ya los miles de turistas regresaban al navío.

La terminal de cruceros se encuentra en el barrio de Otrobanda, por lo que nos dirigimos a Briónplein para cruzar el puente de la Reina Emma, rumbo al distrito Punda. Desde el tradicional puente flotante pudimos tener la primera panorámica del Waterfront, la característica postal de Curaçao sobre la calle Handelskade. Todas las construcciones del antiguo mercado son bien coloridas, en amarillo, verde, rosado, azul y rojo para la fachada del AnnaBay el delicioso ron local.

Primero visitamos el viejo mercado en Plasa Bieu, una combinación de puestos de frutas tropicales, con medicina alternativa y un millón de souvenirs para los visitantes. Atrás del redondo edificio salen unas combis (una especie de transporte informal) que tomamos para ir, bien temprano en la mañana, hasta la playa recomendada: Mambo Beach. Allí funcionan diferentes clubes de playa que prestan servicios de reposeras, sombrillas, etc. para los visitantes dispuestos a tomar baños en ese manso mar Caribe, y así lo hicimos.

Estuvimos en Madero Ocean Club, el que recién abre a mitad de mañana por lo que -en verdad- no debimos pagar nada pues partimos de regreso a Punda para entonces. Es que nuestro interés era conocer lo más posible ese distrito histórico, en el que resalta el street art, los mercados y tiendas para turistas en los angostos callejones. Por ello, tomamos otra combi, que funciona eficientemente como transporte público urbano, lo que nos permitió recorrer bastante las áreas más marginales de la isla.

Ya de vuelta en Plasa Bieu, entramos en su mercado en el que los puestos de comida ya estaban dispuestos: ollas en las que hervían caldos espesos, pollos, arroces, pescados fritándose en sartenes, ¡de todo!

Continuamos caminando hacia el barrio de Scharloo, pues teníamos marcado en nuestro google map dos murales. En efecto, eran valiosas muestras de cuánto el arte callejero se impuso en la ciudad.

Luego nos sacamos las obligadas fotos en el cartel de Curaçao en el parque Kon Wilhelminapark, para luego perdernos por las callecitas de Punda. Allí pudimos saciar nuestro interés cultural, apreciando más murales, especialmente en la calle Keukenstraat. Luego visitamos AnnaBay Club para probar el tradicional ron, en varias versiones. Nos pareció exquisito el tradicional y el marinado con tamarindo. Justo frente a la tienda, en la plaza de las estatuas de la banda de música de palomas decidimos tomar un descanso pues el sol, el calor y los rones recién bebidos no daban tregua.

Paseamos por las peatonales, para entonces ya atestadas de turistas, hasta la Sinagoga de Curaçao y luego tomar un último baño en el mar, en la improlija y bien pequeñita playa Punda, también conocida como la Playa de los Venezolanos, próxima al Fuerte Ámsterdam. Es que antes de volver al crucero, la idea de sumergirse en el no tan salado mar Caribe era toda una tentación.

Una vez de regreso en el Waterfront, las cosas de la suerte hicieron que justo entonces un gran barco militar de los Países Bajos se disponga a atravesar, lo que nos permitió ver en funcionamiento el puente flotante de la Reina Emma. Todo un espectáculo.

Una vez que se cerró y se habilitó el tránsito peatonal, volvimos a cruzar de regreso a Otrobanda.

Visitamos el Fuerte Rif y su bien entretenido paseo comercial. Incluso nos vimos tentados en la tienda de cerámica Heinen Delfts Blauw, de claro estilo holandés, y hacernos allí de un pequeño souvenir para recordar ese glorioso día que pasamos en Curaçao. Una vez en el crucero, decidimos pedirnos unos tragos en el bar para disfrutarlos en la privacidad del balcón del camarote y desde allí la mejor obtener última panorámica de la colorida arquitectura y del soberbio puente de la Reina Julinaa (Kon. Julianabrug), uno de los más altos del mundo, sobre la Bahía de Santa Ana.