Volar en globo es posible
“En los viajes, como en la vida, hay que insistir para que se dé...”
En general, se cree que viajar es de privilegiados. Puede que lo sea. Sin embargo, a Thomas Jefferson le atribuyen haber dicho que cuanto más duro se trabaja, más suerte se tiene. Me sumo a eso.
Desde chica intenté adherirme a cuanto programa de fidelidad existiese para poder hacerme de puntos, kilómetros o millas, a los que les debo varios pasajes de avión, canjeados incluso al hemisferio norte.
Ni hablar de aplicar una austeridad japonesa en lo cotidiano. Ahorro lo máximo posible para conseguir otro preciado tilde en mi lista de lugares por visitar. Y aun evidenciando mi neurosis más profunda, reconozco que largas horas de búsquedas en la web me facilitaron tickets aéreos a precios increíbles.
En fin, cada uno se da los gustos que puede en base a su propia realidad.
En esa línea, siempre fue una cuenta pendiente volar en globo.
Ese sueño no pude concretarlo en Capadocia (Turquía), el destino más famoso del mundo para viajar en globo. Había contratado el tour que ofrecía ver el amanecer desde lo alto. Recuerdo la noche previa a tomarlo, cómo me uní feliz a los habitantes de Göreme, que salían de sus tiendas para celebrar el acontecimiento de la primera nevada, sin saber la desilusión que me esperaba... Aquella nieve inicial del invierno de 2015 fue tan fuerte que las rutas quedaron intransitables.
Capadocia tiene una fisonomía única, por eso subir allí a un globo aerostático es como un must. Sus características geológicas no solo hicieron de su paisaje un paraíso de apariencia lunar, sino que además su peculiar composición permitió a los hombres, desde la antigüedad, excavar cavernas luego convertidas en ciudades subterráneas, en las que aún se conservan incluso esas pequeñas iglesias que sirvieron de lugar de encuentro y celebración durante la persecución a los cristianos.
En definitiva, esa fabulosa nieve turca continuó cayendo toda la noche y al amanecer no se podía ni salir a la calle. Eso implicó no solo la cancelación del esperado tour, sino todo un cambio de itinerario rumbo a Pamukkale.
En ese mismo viaje, mi obstinación me llevó a subirme finalmente a un hot air balloon en el Valle de los Reyes en Luxor, Egipto.
La experiencia fue increíble, desde el tecito de karkadé (conocido también como hibiscus, una infusión de color magenta que se hace a partir de la flor de Jamaica), hasta el asombroso amanecer desde el aire.
En Egipto el color que predomina es el ocre: imagínense lo intenso de esos naranjas cuando el sol se disponía a asomar. Una imagen tan poderosa como indescriptible.
Esa postal imborrable se completa luego con los otros globos que despegan junto al tuyo, cada uno con su diseño particular. En el aire parecen gordos gigantes adueñándose del cielo. Es un tanto irreal el momento hasta que el miedo se apodera de tus otras sensaciones... Pero no pasa nada, en segundos la felicidad y la adrenalina de la experiencia se imponen.
A todo ello se agrega la dicha de poder ver algunos templos desde el aire, especial recuerdo el de Hatshepsut por su grandeza y perfección, y por haber sido construida esta edificación funeraria por una de las pocas faraonas que tuvo el Antiguo Egipto.
El descenso en globo es suave (si tienes la dicha de un piloto experimentado) pero no por eso menos tremendo. Igual o más de emocionante que el ascenso.
En definitiva, nada más grato que poder dar por cumplido un sueño. Por eso, ¡a no dejar de soñar!