Tafí del Valle
Bonito pueblo tucumano
El pueblo cercado entre las últimas cumbres al sur de los valles calchaquíes ofrece al visitante interesantes propuestas.
@tripticity_, por su afición a la historia, optó por una estancia de una noche en la antigua estancia jesuítica Las Tacanas. Se trata de un hospedaje simple y bastante descuidado que no explota su enorme potencial. Decente pero austero, se ubica en el centro mismo de la villa.
A la hora de los paseos culturales, el Conjunto Jesuítico La Banda atesora un trascendente registro del pasado, tanto de los pueblos preincaicos, evidenciando el modo de vida de las comunidades originarias calchaquíes, como principalmente de la inmensa obra que los padres de esa orden alcanzaron a construir hasta su expulsión de América, dispuesta por el rey Carlos III.
El desatendido estado de conservación de la casona del siglo XVIII que perteneció a la familia Silva y del tesoro que contiene no logra importunar la atención de @tripticity_, que se deleitó al observar las vasijas “lloronas” en las que se acopiaba el agua de lluvia (las que deben su nombre a los ojos lagrimosos que la ornamentan), o los casullos (túnicas utilizadas por los sacerdotes), o el misal en latín.
En la sala dedicada a la arqueología conmueve el relato sobre cómo los tafíes rompían sus vasijas e instrumentos al enfermar de muerte, de modo que las siguientes generaciones se viesen obligadas a aprender a hacer las suyas propias. También se observa una campana que se rescató cuando el terremoto de San Juan del año 1944 tuvo su réplica en el valle y derrumbó la torre de piedra.
¡Qué decir de los lienzos de la escuela cuzqueña con escenas religiosas, como la de San Cristóbal y el niño sosteniendo el pesado mundo por los pecados del hombre, o el del tierno San José! Entre sus oscuras tonalidades lucen el rojo de la sangre seca de vaca, los En la sala dedicada a la arqueología conmueve el relato sobre cómo los tafíes rompían sus vasijas e instrumentos al enfermar de muerte, de modo que las siguientes generaciones se viesen obligadas a aprender a hacer las suyas propias. También se observa una campana que se rescató cuando el terremoto de San Juan del año 1944 tuvo su réplica en el valle y derrumbó la torre de piedra.
¡Qué decir de los lienzos de la escuela cuzqueña con escenas religiosas, como la de San Cristóbal y el niño sosteniendo el pesado mundo por los pecados del hombre, o el del tierno claros blancos de leche de cabra y los brillos que aún emanan del polvo de oro utilizados por los artistas más trascendentes de la América de entonces.
En la capilla de la estancia realzan las cruces originales, así como los tirantes y su pesada puerta, el techo de colihue y paja mansa. Dos aperturas al lado del altar permiten el ingreso, obligando a quien lo haga a agacharse por lo bajo del dintel, a modo de reverencia hacia el sagrado recinto. Bajo el altar se abre el túnel de 500 metros de largo en dirección al cerro Pelao, utilizado por los curas para huir de los ataques de los indios, el que -contó la guía- fue tapado en la década del 1970, aunque nunca nadie se animó a atravesarlo por el rancio olor que dominaba.
Luego de la expulsión de los jesuitas, sus grandes estancias fueron subastadas por la Junta de Temporalidad, siendo adquiridas por la tradicional familia tucumana de apellido Silva. De esa época se conserva el mobiliario del cuarto del gobernador, destinado a recibir las ilustres visitas, como las de Nicolás Avellaneda; un armonio de aire que aún suena; una bandera argentina con flecos de plata utilizada para el funeral del gobernador José Silva; un ropero de cristal y un aparador con mármol de Carrara, todo con evidentes fallas en su preservación.
Las autoridades no permiten las fotografías en su interior, por lo que no hay registros gráficos de la experiencia
Otra opción es aprender cómo era la vida a principios de 1900 entrando al Museo Experiencia de la Estancia Los Cuartos y La Angostura. Una casa familiar bien conservada de otra de las descendientes de José Silva. Si bien demasiado enfocada en la historia del linaje propietario, cuenta con un valioso testimonio de arte decorativo de principios del Siglo XX.
Luego, un paseo por la avenida principal implica tentadoras compras de artesanías, quesos de Tafí o dulces regionales.
La tienda de delicatessen Sumaj, que significa cosa rica en quechua, merece un primer stop, por su variedad de bombones, golosinas artesanales, charcutería casera y vinos locales.
Son por demás atractivos los tejidos de los artesanos, las pieles curtidas ovinas o vacunas, las tablas y utensilios de madera y cerámica, o bien los clásicos recuerdos habidos en todo mercado de sitio turístico.
@tripticity_ optó por Tiempo de Flores, una tienda con opciones contemporáneas y de autor, como también por la Cooperativa de la Ruta del Tejido, en la que abundan atractivas alfombras, almohadones, mantas y alforjas de lana de oveja o llama.
A la hora del té o para quien quiera disfrutar de la vista al valle en compañía de un delicioso aperitivo, acompañado con scons de romero rellenos de queso, Castillo de Piedra es un imperdible.
Una casona con historia con dos habitaciones dobles y cuatro cuádruples, enmarcada en un terreno de cinco hectáreas. Construida en los 60 íntegramente con gruesos muros de piedra, cuenta con amplios ambientes, una fresca y moderna decoración en la que destacan los simpáticos insectos de metal. La remodelación estuvo a cargo de @lum_estudio, al igual que Casa Lola en Yerba Buena.
De la variada oferta gastronómica @tripticity_ acertó por la descomunal cocina del restaurante escuela de Álvaro Arismendi, la que por su excelsa carta y experiencia que supone merece una crónica exclusiva.