Lima
Mucha historia, buena gente y mejor gastronomía
Llegamos desde nuestra ciudad natal, Salta, en un vuelo directo de menos de tres horas en la madrugada. Habíamos reservado un hospedaje básico bien ubicado en el barrio de Miraflores, el hotel Las Palmas, sin ninguna pretensión más que cama confortable y agua caliente. Una aclaración, la relación precio calidad es decente pero la habitación fue muy ruidosa de noche por su cercanía con pubs.
Para llegar desde el aeropuerto, una opción recomendable, que funciona y es súper económica, es el servicio de buses de Airport Express Lima. Un viaje bastante ágil hacia al distrito más recomendable para hospedarse. De hecho, allí se ubican un montón de opciones para alojamiento, aunque también Barranco es buscado por los turistas.
Una vez en la ciudad resulta súper seguro utilizar Uber.
Por eso, dejamos nuestras mochilas y partimos rumbo al centro histórico.
Primero visitamos Casa Aliaga. La casa de Jerónimo de Aliaga se abre al público mediante el pago de un ticket de ingreso y el costo de la guía privada que efectúa el recorrido.
Es toda una gema del centro histórico de la ciudad, ya que conserva el acervo arquitectónico y decorativo de una casona de la época de la colonia. Construida en el siglo XVI, resulta absolutamente destacable el estado de conservación de su magnífico mobiliario, de las obras de arte y de los objetos de valor pertenecientes a la familia Aliaga.
Cerca de dieciséis generaciones subsiguientes a Don Jerónimo atesoraron la casa. Se ubica justo frente a un lateral del Palacio de Gobierno. Desde la peatonal, solo se observa un enorme portón de madera, el que esconde esta atracción que vale visitar.
Luego cruzamos la plaza rumbo al Monasterio de San Francisco. De arquitectura barroca colonial es un icono de la ciudad. En el interior se encuentran las catacumbas con unos setenta mil huesos. Sucede que en sus subsuelos se enterraban a los sacerdotes de la orden. Además, la biblioteca cuenta con textos antiguos, incluso algunos anteriores a la conquista. La visita se concreta con un guía que se asegura de que nadie tome fotografías, las que se encuentran súper prohibidas.
Continuamos con una rápida visita por la Casa de la Literatura Peruana, para conocer la interesante historia de los escritores y su bello edificio.
Retornando a la Plaza de Armas, pasamos por el ChocoMuseo.
Una vez en el centro de la explanada, admiramos la belleza de la arquitectura del Palacio Municipal de Lima y del Palacio de Gobierno, de estilo barroco, que data del año 1937 y funciona como la residencia del presidente de Perú.
La Plaza de Armas, también llamada Plaza Mayor, del siglo XVI, fue establecida por Francisco Pizarro. Fue el centro del imperio español en el continente. La estatua de bronce que lo recuerda fue erigida en 1650.
Otro edificio que sobresale es el Palacio Arzobispal, de 1924, de estilo colonial.
Justo al lado, la Catedral de Lima del año 1535, con su fachada de estilo barroco, allí donde Pizarro dispuso su construcción y donde descansan sus restos.
Para entonces ya teníamos hambre, por lo que siguiendo la recomendación de la guía, nos dirigimos al restaurant Chifa Pinwei. Queríamos probar la tradicional comida fusión peruana con china, en razón de la influencia que tuvo el enorme movimiento migratorio del gigante asiático que tuvo lugar a mediados del siglo XIX.
Probamos el wantán, rellenito con pollo, y de principal el chijaukay, un salteado con pollo y arroz chaufa, delicioso, acompañado con la icónica bebida peruana, la IncaKola, en su versión light. Es súper dulce y resulta inconfundible por su intenso color amarillo. Al igual que la Coca Cola, su fórmula se guarda bajo llave, pero se comenta que la base es la hierba luisa.
Luego, partimos a hacer un recorrido por las iglesias del centro histórico, pasando por la de San Pedro y la imponente de Santo Domingo. Justo al llegar, en la plaza del frente, la música nos atrajo. Fue allí cuando nos encontramos con un grupo de locales vestidos con sus trajes típicos, bien coloridos, bailando en círculo a unos recién casados. Nos acercamos pues la curiosidad primó e, incluso, nos animamos a sumarnos al festejo. Todos nos invitaban a participar con mucha cordialidad. Es que en Perú el turista es siempre bienvenido.
La iglesia de Santo Domingo se encuentra contigua al Convento Máximo de Nuestra Señora del Rosario, uno de los sitios religiosos más significativos de Lima.
El fraile dominicano Vicente de Valverde, quien acompañó a Pizarro durante la conquista dispuso su construcción, la que se completó en el siglo XVI. En la iglesia también se acostumbraba enterrar a los frailes en el subsuelo, por lo que cuenta con sus catacumbas.
En el interior se encuentra una capilla dedicada a la Virgen del Rosario, considerada la patrona de la ciudad de Lima.
Luego pasamos por la Iglesia la Merced, por la de San Agustín y por el Museo Central, mientras disfrutábamos de las celebraciones que tenían lugar ese fin de semana largo por el día de la virgen, cuando todas las calles céntricas se atestaban de procesiones con bailes y trajes muy coloridos.
Desde allí una caminata hasta el Palacio Torre Tagle, una casona clásica donde funciona el Ministerio de Relaciones Exteriores, pasando luego por el Panteón de los Próceres, en la iglesia jesuítica del siglo XVIII, rumbo a Plaza San Martín, quizás una de las más sobresalientes de la ciudad. A su alrededor, se destacan los edificios señoriales como el Gran Hotel Bolívar y en su centro una estatua ecuestre de José de San Martín.
Se hacía tarde y queríamos conocer el Museo de Arte de Lima, conocido por sus siglas como MALI. Se trata del museo de bellas artes más trascendente de Lima. Cuenta con un acervo de piezas de enorme valor, desde la época pre colombina a obras contemporáneas. Imperdible.
También en el Parque de la Exposición funciona el Museo de Arte Italiano, con una colección destacada y el Museo Andrés del Castillo con su exhibición de piezas de Nazca y cerámicas de Chancay.
El sol estaba al ponerse en el Pacífico, por lo que tomamos un Uber a toda velocidad que cruzó la ciudad por la vía express Luis Fernán Bedoya Reyes rumbo al hotel Iberostar Selection Miraflores. Sabíamos que su rooftop ofrecía buenos tragos, pero por sobre todo unas vistas extraordinarias del atardecer. Y así fue. Unos langostinos apanados acompañaron los Aperol Spritz que ordenamos para disfrutar de esa puesta del sol descomunal.
Luego, agotados como estábamos después de ese primer súper intenso día en Lima decidimos picar algo en el Mercado San Martín, también en Miraflores, muy cerca de nuestro alojamiento. Seguimos con los langostinos y con un ceviche fresco, con pisco sour.
Al día siguiente, visitamos el Lugar de la Memoria, un proyecto que pretende preservar la memoria de las víctimas de la violencia que atravesó el país durante el período entre 1980 y 2000. Se trata de un museo cuya arquitectura modernista frente al mar es una atracción en sí misma. Pero también vale ingresar y recorrer sus pabellones para conocer la historia de Perú, contada de una manera muy objetiva y con la intención de generar conciencia en las generaciones futuras.
De allí, caminamos rumbo a La Mar, el restaurant insignia de Gastón Acurio, que tiene sucursales por todo el continente. De pasada conocimos la galería de arte del artista peruano Marcelo Wong, súper divertida y disfrutable. Y también nos sorprendió el café Puku Puku, con su tostaduría de café a la vista. En Perú no solo descolla su gastronomía, sino que también ofrece grandes opciones para tomar un muy buen café, ese fue el caso de Puku Puku.
Una vez en La Mar ordenamos un pulpo de la muerte y los langostinos power, un plato emblema en el que la propuesta es hacer taquitos de lechuga con los sabrosos langostinos.
Lo acompañamos con la coctelería de autor que ofrece el restaurant.
Después del banquete, nos dirigimos rumbo al MAC, pasando por el Parque del Amor, en el que sobresale la escultura gigante de una pareja besándose.
El Museo de Arte Contemporáneo cuenta con una exhibición permanente de arte peruano de artistas de trayectoria y emergentes y exhibiciones temporarias.
De allí partimos rumbo al otro gran barrio de Lima, Barranco, para pasear por el Puente de los Suspiros. Cuenta la leyenda que este estrecho puente de madera sobre las escaleras que bajan a la playa, inspiró canciones de amor.
Bajamos las escaleras hasta el gran mirador del mar, sin perdernos la oportunidad de probar los picarones, una especie de buñuelos fritos con miel, bien dulces y sabrosos.
Barranco es el antiguo pueblo de pescadores y actual barrio bohemio de la ciudad. Allí tiene su casa taller el famoso artista Víctor Delfín. Basta con pasear por sus avenidas, para disfrutar de la arquitectura de sus antiguas casonas, en las que funcionan galerías de artes, bares y hoteles. De hecho, uno de ellos ofrece otro gran mirador para el atardecer. Se trata del hotel B. Allí conocimos a Sergio Moreno, el barista y bartender experto en bebidas locales. ¡Nos ofreció un tour por los destilados peruanos memorable! Simplemente extraordinaria su amabilidad y encanto al enseñar con orgullo la producción local.
Disfrutamos otro glorioso atardecer en el Pacífico para luego convidarnos una cena de autor en el restaurant Awicha, también en Barranco. Este fue sin dudas el viaje de los langostinos, pues nos tentamos ordenando los jumbo al coco y un magret de pato con puré de papas y puerros y una ensalada fresca. Allí encontramos una rareza en el extranjero: ¡vinos salteños!
Para nuestro último día en la ciudad, en ese fin de semana gastronómico que nos habíamos propuesto concretar, decidimos caminar hasta el célebre Rosa Naútica. El restaurant sobre el mar con una fenomenal vista al gran barranco de Lima y a los altos edificios de Miraflores, mientras los surfers abajo trataban de agarrar la buena ola.
Ordenamos unas cervezas Cusqueñas bien frías y unos platos para compartir de frutos de mar. “Por supuesto, señores” dijo el señor @tripticity_ cuando salieron los mega langostinos por un lado y un arroz con mariscos, también extraordinario, por el otro.
Para el postre, sabíamos que nos queríamos deleitar con un suspirito limeño por lo que subimos hasta Larcomar, el shopping con vista al mar más lindo del continente, pues allí funciona Tanta, otra variante de la gastronomía de Gastón Acurio. Además nos tentamos con una tarteletita de pistacho y un rosado bien fresco de Nuevo Imperial Cañete, de la bodega Viña D´los Campos Santa Adela y un blanco de la región Ica de la bodega Queirolo.
Luego de eso, de camino al hotel, nos tentamos con unas compras de remeras de algodón peruano, de ese suavecito que caracteriza a sus textiles.
Se hacía tarde, pero no podíamos partir de Lima sin visitar el Museo Larco, ubicado en una mansión virreinal del siglo XVIII. Como quedaba relativamente de camino al aeropuerto, en Pueblo Libre, tomamos nuestras mochilas y partimos. Ingresamos un rato antes de su cierre, por lo que lo recorrimos con eficiencia.
Es un museo arqueológico que ostenta una magnífica colección de arte precolombino, fundado en 1926 por Rafael Larco Hoyle.
Se destaca por sobre todo la colección de cerámicas.
Entre sus floridos jardines sobresale el restaurant del museo con una terraza repleta de flores de bougainvillea.
Como casi todo en Perú, aplica una tarifa diferencial para extranjeros.
Desde allí tomamos un coche rumbo al aeropuerto. Fue entonces cuando padecimos el tránsito pesado característico de Lima. Es ciertamente recomendable tomar conciencia del tiempo que puede insumir un traslado atento a los atascos que pueden generar que un viaje se duplique en tiempo.
Y así, entre langostinos, dulces peruanos, arte y mucha vida de la ciudad nos despedimos con el deseo de volver a otro tour gastronómico limeño.